Presentación de "Nuestros Paisanos los Indios"



Palabras de Bonifacio P. del Carril
1992

En nombre de Emecé Editores quiero agradecer a todos su presencia en este acto de presentación del libro “Nuestros Paisanos los Indios” de Carlos Martínez Sarasola. Agradezco también a Carlos Alberdi del Instituto de Cooperación Iberoamericana, que nos recibe hoy en esta casa, y a los oradores que nos acompañan: el Dr. Alberto Rex González, distinguido antropólogo, pionero indiscutido del estudio arqueológico de las culturas precolombinas argentinas, y por Basilio Soria, diputado provincial en Salta y dirigente indígena chiriguano, o guarani aborigen como el mismo prefiere llamarse.

Antes de cederles la palabra, quiero explicar como vio la luz este libro y cual es, a nuestro juicio, el sentido de su publicación.

Los editores solemos recibir, sin cesar ofrecimientos “editoriales” de toda clase, a veces delirantes, cuando no patéticos. La dura realidad es que resulta rarísimo que un libro ofrecido sin recomendación ninguna llegue  algún día a publicarse. Siempre he creído, sin embargo, que no se debe perder la esperanza, que no hay que cerrar la puerta a la remota posibilidad de que un manuscrito “no solicitado”, como se suele decir en la jerga editorial, resulte un tesoro oculto que hay que dar a conocer. En los casi veinte años que llevo en este oficio; si mal no recuerdo, me ha ocurrido apenas dos veces. La primera perla no llegó nunca a publicarse. La segunda es el libro que presentamos hoy.

Recuerdo claramente que cierto día mí secretaria atendió el llamado de “un señor que tiene una historia de los indios en la Argentina”. Si el libro hubiera sido una novela, la respuesta automática hubiese sido: “Preséntese a nuestro concurso literario”. Como se trataba de un ensayo y el tema me interesaba mucho (en realidad, tenia in mente encargar un libro semejante, pero nunca había concretado la idea) se le dijo: “Envíelo para que lo leamos sin compromiso”. Cuando llego el manuscrito y empecé a leerlo, sentí una especie de cosquilleo febril. Aquí estaba por fin la perla. O mejor dicho, el diamante, todavía sin pulir.

El paso siguiente fue llamar al autor: “Venga a verme y hablamos”. La cuestión era delicada. Aquella perla inesperada a la que me refería antes, muy diferente a esta por cierto, no se había publicado debido, simplemente, al temperamento torturado de su juvenil autor, a que no quiso escuchar la menor observación de parte nuestra. Esta vez, por suerte, me encontré con un autor razonable. Había soñado, planeado y llevado a cabo un trabajo monumental, pero tenia la humildad de aceptar sugerencias y la disposición de prestarse a pulir el libro todo lo necesario, para mejorarlo. Y aquí entra mi hermana Sari editora responsable de esta obra, que hizo ese trabajo con Carlos sin descanso durante dos años. El resultado, creo yo, valió la pena.
Si tuviera que definir a Carlos Martínez Sarasola en dos palabras diría pues que es un Quijote razonable. Porque hay que ser Quijote en la Argentina para acometer de cero un libro que a la postre resultó de 660 páginas, con fotografías y decenas de mapas y de gráficos. El tema es tan entrañable como amplio y difícil. Como reza el subtitulo: “la vida, la historia y el destino de las comunidades indígenas en la Argentina”. Por mi parte, respondí quijotescamente también. No era sencillo hace dos años  decidir publicarlo tal cual, sin medir costos, manteniendo el carácter esencial de la idea que le dio origen: escribir la gran síntesis que faltaba en la bibliografía argentina sobre el tema. Creo sinceramente que los libros que llenan un vacío, que tratan a fondo un asunto determinado, perduran y se abren camino por si solos. Confío en que este tiene meritos suficientes para hacerlo. Hay que saludar  en Carlos Martínez Sarasola, no solo la seriedad de su trabajo sino la medida de su ambición y su perseverancia en el esfuerzo. Comenzó a reunir material sobre temas indígenas, según me ha dicho, cuando aun era estudiante, hace veinte años. Tuvo la idea  de escribir el libro hace diecisiete años. Lo empezó hace nueve. Nos entregó el manuscrito dos años atrás: y aquí esta por fin su obra. Tales son los tiempos que requieren las cosas en la Argentina.

La publicación de este libro es una historia feliz. Lo será aun más si se vende bien, por supuesto. Pero nuestra satisfacción no debe ocultar que lo que el libro cuenta no es feliz. Por el contrario: Es una historia humana dura y tremenda, llena de dolor y sufrimiento, que es preciso asumir. No es feliz la mirada digna del cacique Pincén en la fotografía de la tapa, cuándo posa junto a su familia aterrada, antes de ser enviado, ya entonces, a Martín García. Tampoco es feliz la realidad que muestran las fotos recientes de los matacos de Formosa. Por eso la obra de Martínez Sarasola no se agota en la historia sino que propone medidas concretas para mejorar la condición del indígena hoy. Este libro cobrará todo su valor en la medida en que contribuya, aunque sea moderadamente, en ese sentido.

Dentro de un mes y dos días, se cumplirán los quinientos años de la llegada de Colón a América. El 12 de octubre se recordará el encuentro, fortuito pero inevitable, de dos mundos.  Ríos de tinta se han escrito sobre lo mejor y lo peor de este encuentro, No es casual que hayamos querido celebrar la aparición de este libro precisamente en el Instituto de Cooperación Ibereoamaericana. Mucho se ha dicho también sobre las dos Españas. Pues bien, creo que es la  mejor de las dos Españas la que nos recibe hoy aquí. La España moderna, abierta a colaborar en lo que es, en definitiva, un homenaje al hombre americano.

Un amigo mejicano me comentó con sorna, cierta vez, una frase ingeniosa que habría dicho Carlos Fuentes. La cita de memoria: “Los mejicanos descendemos de los aztecas y de los mayas, los peruanos descienden de los incas, y los argentinos, de los barcos”. Es verdad que la mayoría de los argentinos llegaron en los barcos. Algunos lo hicieron antes, otros después. Mi familia tiene dieciséis generaciones en esta tierra, pero vino en barco de allende el mar. Y hay también argentinos, como Basilio Soria, cuyas generaciones de antepasados se pierden en la noche de los tiempos, y no descienden de los barcos. Es hora de que los reconozcamos y que nos reconozcamos. Conocer y valorar nuestra diversidad es una cuenta pendiente de la cultura argentina. Que este libro sirva como un principio de la reparación que los argentinos todos debemos a nuestros hermanos indios.