MAPUCHES DEL NEUQUEN



Iluminar la Patagonia ancestral
Por Alicia de Arteaga
De la Redacción de LA NACION

Con la intención de aproximarse a la cultura de un pueblo y de restañar heridas antiguas surgió el proyecto Mapuches del Neuquén, impulsado por Cristina Miguens

Había que hacerlo. Darle la forma de un libro de amplia difusión al intento de revalorizar la cultura y el arte del pueblo Mapuche, empujado contra la Cordillera, ajeno las más de las veces a las intenciones y los planes de los nuevos dueños de la tierra, capaces de “comprar campos con pobladores, como si fueran parte de la fauna local”.

Las palabras son de Cristina Miguens y prologan un libro de realización notable y contenido necesario. La relación de Miguens con los Mapuches se inició en la Patagonia, en el contacto con los chicos de las escuelas rurales y en su necesidad de “aprojimarse al otro, antes lejano y anónimo”.

Poco a poco, ese vínculo entrañable tomó la forma de un proyecto editorial a cargo de un equipo que conoce el terreno, que ha recorrido el camino para iluminar lo oculto, hacer visible lo invisible y poner en valor el arte escondido.

Ricardo Paz y Belén Carballo, que de ellos se trata, fueron convocados por Cristina Miguens a partir de la exitosa experiencia que ambos vivieron en el chaco santiagueño y volcaron en Un arte escondido. Este libro resultó para quienes conocemos esa tierra de soles implacables, que marca el límite entre Córdoba y Santiago del Estero, una grata sorpresa: muebles, textiles y utensillios contaban la historia cotidiana de una cultura que estaba a punto de ser olvidada para siempre.

Un arte escondido tiene hoy proyección internacional: fue descubierto por los editores de la Rizzoli en la Feria del Libro de Francfort. Traducido al inglés, el libro está en los catálogos de Amazon.com y en la biblioteca del Museo Metropolitano de Nueva York.

Para contar la historia desde el principio, habría que recordar que Ricardo Paz trabajó durante años con su madre, la anticuaria Mimí Bullrich, especializándose en tapicerías flamencas y alfombras persas.

Imaginativo y vehemente, un día decidió dejar atrás la tersa superficie de la caoba lustrada que acompañaba la tapicería verdure, para hacerse amigo de la madera ruda del mistol, el quebracho, el chañar y el piquillín. Así nació Sumampa, el proyecto de Paz-Carballo, alentado por la empresaria Andreína Rocca.

El libro resultó el eje del programa didáctico desarrollado por Belén Carballo en las escuelas del Chaco. La idea era mostrarle a la gente del lugar, que suele buscar el fresco a la sombra de un mistol, que lo que ellos hacían era valioso, tan valioso que Sumampa se presentó con suceso en la Feria del Mueble de Milán y la demanda fue tal que debieron abrir un local permanente en la capital italiana del diseño para comercializar las cosas hechas en Santiago del Estero.

“El público italiano, que es muy sofisticado y sabe mucho de diseño, valoró estos muebles pequeños hechos para el interior del rancho, donde no sobra el espacio, como tampoco sobra en los departamentos europeos del siglo XXI”, dice Belén Carballo.

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Mapuches del Neuquén contó con la colaboración de un equipo multidisciplinario encabezado por Mimí Bullrich, Carlos Martínez Sarasola, conocedor profundo de los pueblos originarios de nuestra tierra, y Luis Pincén, intimamente ligado al mundo mapuche. Las imágenes son de Luis Barragán.

El impecable diseño de Rubén Fontana le dio dimensión plástica a los trabajos realizados en la falda de la Cordillera de los Andes, por donde corren los guanacos y los ñandúes. Cuenta en el prólogo el arqueólogo e investigador Alberto Rex González que los mapuches han conservado no solamente su lenguaje -mapudungun-, sino también sus creencias y sus ritos.

Los tehuelches fueron los pobladores originales de la región patagónica. En la voz mapuche, el nombre alude a la gente brava, cazadores y recolectores que tenían como preseas elegidas al guanaco y al ñandú, pero cazaban ocasionalmente liebres y zorros. El vestido era el manto patagón hecho con pieles de guanaco con el pelo vuelto hacia adentro. Vivían bajo un toldo de pieles apoyado sobre estacas.

Los mapuches llegaron a la Patagonia desde “más allá de las montañas” en pequeños grupos, precedidos por la fama de su arrojo que los había convertido en dueños de las tierras ubicadas entre el río Choapa, al norte, y el archipiélago de Chiloé, al sur. Cultivaron maíz y papa, cazaron guanacos y pumas. La vivienda se llamaba ruka y el jefe de la aldea toqui. Hacia 1830, la llegada del gran toqui Callvucurá (Piedra Azul) selló definitivamente la supremacía mapuche.

Mapuches del Neuquén, en sus 270 páginas difunde la vida de los mapuches y sus maravillas cotidianas: las piezas de barro, los coloridos textiles y la platería buscada y valorada por compradores locales y foráneos. Como quería Cristina Miguens, el libro “ilumina la Patagonia ancestral” tras dos largos años de investigación, de vivencias personales, de contacto con la comunidad.

La primera edición fue donada, casi en su totalidad, a instituciones y organizaciones vinculadas con el estudio y la promoción de la cultura indígena. Los propios Mapuches recibieron copias del libro y descubrieron, como los habitantes del norte santiagueño, que lo que hacían era valioso y era hora de pelear para no perderlo.

Mapuches del Neuquén cumplió su primera misión: impulsar la creación de escuelas de platería, alfarería y textiles. El dinero recaudado por la venta de los ejemplares, servirá para emprender nuevos proyectos para la comunidad mapuche.