C. Martinez Sarasola  
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Nací en Buenos Aires, en el barrio de Flores, en 1949. Viví mi primer año de vida en el barrio de Boedo, muy cerca del club San Lorenzo de Almagro y del viejo Gasómetro, de cuya energía misteriosa seguramente abrevé para hacerme hincha de los “cuervos” desde muy pequeño.

Cuando cumplí un año me mudé con toda la familia -mis padres y mis dos hermanas- a la gran casa de Ramos Mejía, en el aún “lejano Oeste”, adonde viví hasta los veinticinco años. Y digo la “gran casa” porque era enorme, con un parque gigantesco, pero fundamentalmente porque en ella fui muy feliz. Volví hace un tiempo atrás por el  barrio, subrepticiamente, y me desconcerté, porque la gran casa estaba allí, pero muy cambiada y con unas dimensiones que me resultaron extrañas: eran diferentes a las de mis recuerdos. De chico solía estar parado contra la verja de entrada (la casa hacía esquina) y veía el paisaje de enfrente muy lejano. Cuando pasé por esa esquina muchos años después, ví esas mismas distancias pero ahora muy cercanas. O ellas se habían modificado o bién la mirada de la niñez me había dado una visión diferente de las lejanías. En todo caso curiosidades de las perspectivas.  

En esa gran casa me encontré con mis primeras lecturas. Leí ávidamente a los grandes novelistas de aventuras como Salgari, Dumas, Burroughs, Defoe, y tantos otros. Mi padre, un empecinado autodidacto que se jactaba de tener unos dos mil volúmenes, tenía entre otras colecciones, la de la Biblioteca de “La Nación” que me llevó a atreverme con Cervantes y su Quijote, aunque me resultaban más amigables el “Corazón” de De Amicis o la historia de ese burro color de luna y de cuya bellísima historia siguen resonando aún las tiernas primeras palabras… “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. ...”    

Mi viejo había puesto en mis manos todos estos tesoros, que tempranamente alimentaron mi sentido de justicia, la inclinación por valorar y defender a los diferentes, el amor por los animales, el espíritu de aventura, y también mi placer por escribir. Mis primeras historias, escritas en  viejos cuadernos que aún conservo, datan de aquellos años. Rescato particularmente de aquel principio mágico a dos personajes  excluyentes: Patoruzú, el poderoso tehuelche del comic más famoso de la Argentina y a Sandokán, el Tigre de la Malasia, el eterno rebelde de Mompracem.      

Allí no todo eran lecturas. El jardín albergaba árboles maravillosos -el tilo, el roble, el ceibo, los mandarinos, los ciruelos, la higuera, los limoneros- y plantas como los jazmines, las retamas, las coronas de novia, las tipas- que aprendí a disfrutar como compañeros de juegos, especialmente aquel de “indios y blancos”, en el que siempre ganaban “los indios” –al menos para mí-, contrariando a todos mis amigos para los cuales era obvio que era el blanco el que debía vencer. Fueron también los días de decenas de animales que por allí pasaron: gatos, perros, hasta una oveja, una pata y tantos otros bicharracos. Todos ellos, junto a los árboles y las plantas me enseñaron desde muy chico la sensibilidad, la fortaleza y la fragilidad de otros seres vivientes, a los que también había que valorar y cuidar.

Desde la casa intuí y ¿ví? las columnas de humo de un triste junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo, que como una oscura señal signó gran parte de la historia argentina posterior, y que aún no podía imaginar. También desde la casa observé a los catorce años, las evoluciones de una luz fascinante en el cielo estrellado de una noche de verano que significó otra señal, recién entendida por mi muchísimos años después, incluso luego de mi encuentro profundo con el mundo indígena, su cosmovisión y el chamanismo…Entendí que el universo puede encerrar maravillas que nuestro limitada  idea de la realidad se ha obstinado y obstina en negar.   

Con esa luz bienhechora que me acompaña dentro mío desde entonces, ingresé al torbellino de la adolescencia y la juventud, sufrientes y angustiantes, pero también creativas y poderosas. Fueron tiempos de búsquedas disímiles como la música, el Derecho o la militancia política. Entre  1967 y 1969 cursé estudios en la Escuela de Abogacía de la Universidad del Salvador, en la Facultad de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales. Alcancé a iniciar el tercer año, pero no era lo  mío.

La música me llevó a gozar del arte, a componer, a armar una banda y a creer que el mundo podía ser cambiado por la fuerza de los sueños. El hippismo, la beatlemanía y el “hagan el amor y no la guerra” dominaban el escenario mundial y un día, junto a un gran amigo y socio de aventuras, Eugenio Carutti, me embarqué con ese equipaje, una guitarra y un bolso a llevarle nuestras canciones a los Beatles, en la lejana Inglaterra. Era el invierno de 1969.

Disfruté inmensamente de vivir ese tiempo histórico en Londres, abarrotado de libertades individuales, de hippies de enormes melenas (en Ramos Mejía la policía nos perseguía con tijeras para cortarnos el pelo), de pies descalzos, de minifaldas  brevísimas, del sonido cotidiano de las guitarras eléctricas, de los conciertos de rock que la gente vivía acostada sobre el piso, y de paisajes humanos que, para un todavía en ciernes estudioso del multiculturalismo, eran ejemplos de una convivencia respetuosa de gentes, culturas y modas de todas partes del mundo.

Después fue el turno de Roma, siempre persiguiendo el sueño de la música. Antes había pasado por París, en donde observé los vestigios de un todavía para mi lejano mayo francés, en grafittis que en los Campos Elíseos convocaban a la imaginación y a lo  imposible.

Fue en Roma, en la casa adonde vivía, en que una noche de desvelo me encontré revolviendo los estantes de la gran biblioteca –una más- eligiendo aquel libro, el que “devoré” en tres días. Cuando terminé de leerlo, lo cerré, lo mantuve por unos instantes fuertemente entre mis manos y me dije: “Cuando vuelva a Buenos Aires, voy a estudiar la carrera que tenga que ver con esto”. Ese libro había clarificado y enfocado mi vocación y mi pasión por la antropología. Su título era “Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas” de Hiram Bingham.
De regreso a Buenos Aires en 1970, ingresé a la carrera de Antropología de la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA), mientras la música como posibilidad profesional se iba alejando y en el corazón quedaba una pequeñísima herida que el tiempo no ha podido cerrar del todo. La antropología también es para mi una forma del arte, pero no descarto volver a vibrar también tocando música. Fue el tiempo de leer la gran literatura latinoamericana, alternando los grandes autores del momento con los nacionales y los de otras latitudes, en los géneros más diversos.

Al año de egresado marché a Salta, en el noroeste del país, con el proyecto de integrar el equipo docente en el departamento de Antropología de la Universidad Nacional local. Allí continué mi carrera como profesor que había empezado en 1972 en Filosofía y Letras de la UBA. Ese tiempo en Salta, fue sumamente valioso en mi formación de antropólogo. Dicté varias cátedras, participé y dirigí proyectos de investigación pero fundamentalmente me conecté desde lo más hondo con el mundo indígena, en su lacerante realidad social pero también en la riqueza extraordinaria de una cosmovisión que me enseñaba, desde la gente de la tierra, que la realidad tenía múltiples planos y dimensiones y que ellos estaban pletóricos de seres fantásticos y de sucesos extraordinarios.

En Salta presencié por primera vez una cura chamánica y tomé conciencia de que existían otras formas de curar, porque además de todo existían otras formas de concebir a la salud y la enfermedad. Allí tuve el privilegio de hacer trabajos de campo con Rodolfo Kusch y proyectar con él un Seminario en donde el tema de las cosmovisiones indígenas fuera el eje. También fue en Salta, al hacer el programa de la cátedra Etnografía Argentina en el verano de 1976, que tomé conciencia de que había escrito un borrador de índice de lo que muchos años más tarde se transformaría en mi primer libro: “Nuestros Paisanos los Indios”. Finalmente fue allí que con un grupo de amigos y colegas entrañables imaginábamos una larga estadía trabajando en lo que nos apasionaba. Pero otra noche, definitiva y atroz, volvió a oscurecer el país.

Durante mi estancia en Filosofía y Letras había ingresado a otra historia, la primavera revolucionaria de los años setenta y con ella a la militancia política. Otra vez el sueño de cambiar el mundo, aunque esta vez, subido a la marea de miles y miles de jóvenes que en distintas partes del mundo nos entregábamos con alma y vida. La marea, al principio romántica, se transformó en un desvastador tsunami que nos arrastró al callejón sin salida de la violencia.

Fueron años crueles, de  terror y ocultamientos, de silencios y supervivencias, de repliegues sobre uno mismo. De exilios interiores. De desesperanzas e impotencias. Y también de comenzar a construir nuevos proyectos apelando, como decía Lennon, al lado positivo de la vida. Así nació en 1981 Cultura Casa del Hombre, una revista que codirigí con Ricardo Santillán Güemes, con una mirada anticipatoria para la época, con temáticas, reflexiones y una variada participación de articulistas que jerarquizaron el proyecto. Duró unos tres años, pero la intensidad de lo que allí sucedió me encantaría volver a sentirlo. Una mezcla de periodismo científico con antropología “desde las tripas” que resultó una gran combinación…Creo que en Argentina hay aún un lugar vacío ahí, esperando.    

Ese año fue algo especial sin dudas, porque en Noviembre nació mi querido hijo Lucas.   

Poco tiempo después, hacia 1983, con el advenimiento de la Democracia, mientras intentaba reinsertarme en la Universidad, dictaba cursos y conferencias y mantenía un empleo en la Administración Pública, inicié la escritura de “Nuestros paisanos los indios”, un proyecto largamente anhelado. Habían pasado siete años desde que había tenido la idea y faltarían todavía nueve años más para verlo en la vidriera de una librería.

La noche en que presenté el libro en Buenos Aires, en 1992, estuvieron conmigo familiares, amigos, colegas, paisanos indígenas, editores, escritores y entre todas esas personas se destacaba Ana Llamazares, compañera de la carrera de Antropología en los setenta  y con la que me había reencontrado hacía unos meses antes, después de muchos años. Al poco tiempo y mientras iniciábamos un camino juntos como compañeros de vida, me propuso hacer nuestra propia institución…Al principio pensé que era una locura, pero con el correr de los días la ayudé a dar forma a este nuevo sueñoaventura. Así nació en 1994 la Fundación desdeAmérica, nuestra queridísima ONG en la cual desarrollo desde entonces, junto a excelentes equipos de amigos y profesionales buena parte de mis actividades y proyectos.

Y siguieron más publicaciones; y conferencias, cátedras y seminarios en distintos ámbitos, y en Universidades nacionales y del extranjero, y más viajes, y proyectos. Y experiencias vitales y transformadoras, como el reencuentro con el chamanismo en 1997 a través de las plantas sagradas o el camino de una nueva aproximación al mundo indígena no sólo como antropólogo sino esencialmente como un hombre, a través del compartir, desde el 2000 especialmente, sus ceremonias, siendo simplemente uno más, en un camino espiritual que coincide con una mayor apertura del mundo indígena y la confluencia con nuevas formas de conciencia de Occidente, expresadas en la nueva ciencia y también en la recuperación de la espiritualidad perdida.    

Mi decisión por la antropología, la historia y las cosmovisiones de los pueblos originarios; el encontrar finalmente mi vocación y el poder ahondar a través de ella mis profundidades como persona; el persistir en mis ideales; el infinito placer de investigar y escribir; la necesidad vital de viajar y conocer; el comprender otras culturas y dialogar con ellas en un encuentro de iguales; el poder contribuir con mi grano de arena a que el ser humano reconozca algo más de riqueza en su bendita heterogeneidad. De todo esto se ocupa este Sitio personal. Gracias por recorrerlo y acompañarme en este viaje.

Carlos Martínez Sarasola
Buenos Aires, verano de 2009


 
 
 
 
"Mi viejo había puesto en mis manos todos estos tesoros, que tempranamente alimentaron mi sentido de justicia, la inclinación por valorar y defender a los diferentes, el amor por los animales, el espíritu de aventura, y también mi placer por escribir. "
 
"Leí ávidamente a los grandes novelistas de aventuras como Salgari, Dumas, Burroughs, Defoe, y tantos otros."
 
"Rescato particularmente de aquel principio mágico a (..).Patoruzú, el poderoso tehuelche del comic más famoso de la Argentina"
"...Hincha de los “cuervos” desde muy pequeño."
 
"Entendí que el universo puede encerrar maravillas que nuestra limitada idea de la realidad se ha obstinado y obstina en negar." 
 
"Disfruté inmensamente de vivir ese tiempo histórico en Londres, abarrotado de libertades individuales, de hippies, (...) de los conciertos de rock (...) y de paisajes humanos que, para un todavía en ciernes estudioso del multiculturalismo, eran ejemplos de una convivencia respetuosa de gentes, culturas y modas de todas partes del mundo."
 
"Cuando terminé de leerlo, lo cerré, lo mantuve por unos instantes fuertemente entre mis manos y me dije: “Cuando vuelva a Buenos Aires, voy a estudiar la carrera que tenga que ver con esto”. "
 
"Ese tiempo en Salta... me conecté con lo más hondo del mundo indígena"
 
Casa del Hombre
"Así nació en 1981 Cultura Casa del Hombre, una revista que codirigí con Ricardo Santillán Güemes, con una mirada anticipatoria para la época"
 
"...Nuestros paisanos los indios, un proyecto largamente anhelado"
 
"Nuestra queridísima ONG... "







 
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