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MAPUCHES, LAGRIMAS DE LA LUNA

Por Carlos Martínez Sarasola

Los mapuches ó gente de la tierra, eran la población original prehispánica del actual territorio de Chile. Al siglo XVI ocupaban la región comprendida entre el río Choapa al norte y el archipiélago de Chiloé al sur. Picunches (norte), mapuches (centro) y huilliches (sur), eran tres grupos étnicos con unidad lingüística y cultural, y que fueron llamados globalmente por los españoles como araucanos.

Sus orígenes son inciertos, incluso existen distintas hipótesis aunque ninguna comprobada; lo que si podemos afirmar que hacia el 500 a 600 A.C existen evidencias arqueológicas de una cultura que podemos identificar como mapuche. Denominados por algunos especialistas como los “horticultores y pastores del desierto sudamericano”, cultivaron la tierra, especialmente maíz y papa. En el norte, por el clima seco, habían incorporado sistemas de riego, mientras que en las tierras boscosas se quemaban los árboles. Practicaban también la caza de pumas, guanacos y aves y en la zona de Chiloé, la pesca. Se dedicaban además a la cría de llamas, de las cuales utilizaban la lana para la vestimenta. Vivían en pequeñas aldeas y la vivienda (ruca) era de gran tamaño, rectangular y construida con maderas. Cada aldea estaba a cargo de un cacique ó lonko y un conjunto de ellas constituía una unidad mayor al mando de un toqui, jefe supremo.

La guerra estaba muy desarrollada y una estructura social jerárquica respondía a ella: jefes, guerreros, conjunto de la comunidad y cautivos. El temple de la sociedad mapuche es legendario en su resistencia a los sucesivos invasores de su territorio: los incas, los españoles y finalmente el Estado chileno.

El rol de la mujer era muy particular destacándose en el chamanismo -hecho poco común entre los indígenas, dado que en general, esta función es propia del hombre- a través de mujeres de gran prestigio, llamada machi, que era el puente entre este mundo y el reino de los dioses y los espíritus, además de ser una eximia curadora utilizando hierbas medicinales y complejos rituales medicinales que se sintetizan en la practica del machitun. No se agota aquí el lugar preponderante de la mujer: muchas veces cumplían funciones privilegiadas en las ceremonias tradicionales, dirigiendo partes centrales del ritual.

La cosmovisión mapuche es compleja, con un Universo (Elchen) que es el Todo, estructurado en cuatro partes, con distintos planos que corresponden al cielo, la tierra y el inframundo. El número cuatro, omnipresente en las cosmovisiones originarias, no es aquí la excepción: el propio territorio estaba dividido en cuatro partes o mapu. Creen en la existencia de Nguenechén, el dueño de los hombres y dominador de las fuerzas de la naturaleza. Se le dirigían rogativas para solicitarle favores, como comida abundante y vida prolongada: es el rito conocido como Nguillatún, que persiste con gran fuerza en la actualidad y cuyo sentido aproximado sería “hay un Dios, por eso existimos”.

Aparece también la figura de Futa Chao, el Gran Padre, hombre y mujer, joven y viejo al mismo tiempo, creador y protector del hombre. Un rico mundo de espíritus benéficos (pillán, las almas de los difuntos a las que se les reza) y malignos (wekufü, provocadores de enfermedades que deben ser contrarrestadas por la machi). El robo de almas a cargo de los brujos (kalkú) tiene el propósito de generar maleficios o desgracias, acción que -una vez más- requiere de los servicios de la machi, la gran armonizadora de la vida del hombre gracias a su capacidad de viajar e interceder en los distintos mundos.

El concepto de newén (energía), es central en la cosmovisión mapuche, y hace referencia a la fuerza interior de cada una de las cosas y los seres del universo.

El famoso arte mapuche, del cuál la platería es una de sus más acabadas manifestaciones, estaba ligado a las profundas creencias de este pueblo. Una simbología de serpientes, flores, orantes arrodillados, cruces, escaleras sagradas, aves míticas, respondía a la peculiar manera de ver el mundo y estar en él, un mundo en el que todo parecía posible.

Los extraordinarios textiles, la cestería, la cerámica, las tallas en piedra ó madera, los trabajos en cuero y soga, nos hablan de un pueblo que hizo de su arte una forma más de relacionarse con el universo.

A través de la Cordillera, hacia las llanuras de Argentina

La situación de conflicto bélico constante fue desgastando a los mapuches. Resistieron y permanecieron, pero muchos de ellos decidieron intentar otra historia y buscar un nuevo lugar. Las tradiciones hablaban de que hacia donde sale el Sol, más allá de las enormes montañas había un lugar encantador de pinos, nieves y lagos. Y más allá la llanura, que sabían casi infinita. Aquel lugar hermoso era la actual provincia de Neuquén, en Argentina, quizás el lugar más utilizado por los mapuches para realizar la travesía por las montañas, por sus condiciones geográficas muy aptas, con gran cantidad de pasos cordilleranos de baja altura. Los mapuches se toparon allí con los pehuenches, con los que hicieron los primeros contactos.

La penetración araucana hacia el actual territorio argentino había comenzado desde tiempos prehispánicos, aunque en forma esporádica y a partir de grupos pequeños. A mediados del siglo XVII la “cuña intrusiva”se va haciendo más pronunciada a partir del comercio y el intercambio con los tehuelches (“la gente brava”) septentrionales, pobladores originarios de la región de Pampa y Patagonia, cazadores nómades que por ese entonces estaban en pleno proceso de transformación cultural empujados por la apropiación de los caballos tomados a los conquistadores hispánicos.

A fines del siglo XVIII los mapuches acceden al poder de esa vasta región -proceso que se conoce como la “araucanización de la Pampa”- tiñendola culturalmente. Esta intensa dinámica etnohistórica culminaría hacia 1830, con la llegada del gran toqui Calfucurá (Piedra Azul) el que tendría a su cargo la misión de sellar la definitiva hegemonía de los mapuches sobre los tehuelches.

Llegados al actual territorio argentino, los mapuches mantuvieron muchas de sus tradiciones y prácticas principales: desde su lengua madre el mapudungum hasta las ceremonias ancestrales, pasando por su arte en plata y tejido; sin embargo reemplazaron su original patrón agricultor y pastoril por el de cazador, que era tehuelche.

En realidad en las llanuras argentinas los indígenas habían conformado un estilo de vida que giraba en torno a la apropiación del ganado vacuno y caballar de los pueblos de los colonos “blancos” y de las incipientes estancias. Esa forma de vida se llevaba a cabo no solo entre las comunidades pampeanas sino con los asentamientos ubicados al otro lado de la Cordillera de los Andes, en un intenso tráfico que caracterizó a la región durante muchísimos años, promoviendo importantes lazos de intercambio comercial y por supuesto cultural.

Hoy mismo pueden apreciarse en muchas comunidades, los indicios claros de aquella fuerte mestización entre mapuches y tehuelches, lo que nos habla también de la capacidad de estos grupos étnicos para incorporar otras tradiciones y costumbres, realizando síntesis superadoras. De hecho existen en Argentina grupos y organizaciones que se asumen claramente como de ascendencia mapuche-tehuelche.

La gente de la tierra en nuestros días: el camino de la espiritualidad

Los mapuches, son probablemente un número muy superior a los cincuenta mil que dan cuenta las últimas estimaciones demográficas; se asientan hoy en cerca de doscientas comunidades en las provincias del sur de la Argentina y son los herederos de esta historia singular. La conquista de sus territorios por el Estado Nacional a fines del siglo XIX no los arredró en la lucha ejemplar por la preservación de su identidad. En Chile son muchos más, probablemente cerca de un millón, y mantienen también una prolongada resistencia cultural que no conoce de descanso. Crianceros de ovejas y chivas; recolectores del pehuén -fruto de la araucaria- cultivadores en algunos casos de trigo, avena y cebada; empleados como mano de obra en actividades estacionales de las estancias tales como la esquila ó la cosecha de frutales y también en programas gubernamentales de forestación.

La lucha por la restitución de sus tierras continúa siendo la reivindicación más fuerte. Algunas agrupaciones han logrado importantes avances en esa materia pero muchas otras aún no tienen el título comunitario de la tierra. La presión de intereses económicos sobre las zonas de asentamiento indígena interfiere en muchas ocasiones en el lento proceso de recuperación de los territorios.

La lengua madre se mantiene aunque cada vez con mayor dificultad, porque son raros los casos de jóvenes que la hablen y porque el sistema educativo oficial la soslaya por no decir que la niega. El patrón de organización sociopolítico y muchas de las manifestaciones de la cosmovisión originaria, perduran. En cuanto a las artes de antaño como platería y cerámica ya casi no se practican aunque si mantienen la tejeduría y el trabajo en madera, soga y cuero.

En los últimos tiempos en el seno de la cultura mapuche se vislumbra un proceso de regreso a las fuentes, de recuperación de la sabiduría de “los antiguos” -tal la denominación que ellos dan a sus ancestros- en consonancia con un movimiento que se está dando en muchas partes de la América indígena.

Esta todavía sutil recuperación y exteriorización de los distintos aspectos de la cosmovisión originaria aparece así como una posibilidad cierta para el estímulo y el fortalecimiento de la cultura: la revitalización de las principales ceremonias -existen comunidades en donde hacía 20 o 30 años en que no se realizaba el Nguillatún y hoy, por el impulso de los nuevos dirigentes, la rogativa vuelve a ser una realidad-; el reciclado de algunas artes como la cerámica en algunas comunidades y organizaciones indígenas urbanas -dicho sea de paso la presencia organizada de los aborígenes que viven en las ciudades es una novedad creciente-; el colocar el acento en la espiritualidad original; el comenzar a estar orgullosos de su medicina tradicional, son algunos de los indicadores de que una nueva perspectiva se abre en el camino de los mapuches. Ellos no solamente siguen aquí, sino que tienen mucho que aportar a la construcción de una nueva sociedad. Una sociedad que respete las diferencias, asuma la heterogeneidad, incluya al otro.

Más allá de las dificultades estructurales en materia de salud, educación y trabajo; más allá del asedio permanente a que se ven sometidos por la permanente voracidad de un sistema globalizador que carga sobre ellos una y otra vez; más allá de las discriminaciones de siempre, los mapuches son un ejemplo de vida, del cual podemos aprender mucho.

Entonces será posible que todos recibamos dones, como les sucedió a los hermanos mapuches aquella vez, cuando después de una gran disputa con el Sol, la Luna derramó sus lágrimas y que de tan ardientes se convirtieron en plata. Los mapuches entonces la recogieron, la conservaran y la cuidaron a través de las fabulosas y mágicas formas de su platería.
Será el tiempo también en que otra vez todo vuelva a ser posible, y en el que, según sus propias palabras, “todo nos suceda como en la felicidad de un sueño”.

Carlos Martínez Sarasola abril de 2000